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Hola, Antonio.
Acabo de leer tu post sobre este caso y el resumen de El País. No quiero entrar en la cuestión política, porque tu reflexivo comentario es bastante acertado y, aunque no lo comparto al cien por cien, me parece limpio y muy asumible.
Lo que ocurre es que sí me he dado cuenta de que en todo este asunto hay cuestiones fundamentales en la que no he oído repara a nadie, ni hablar de ellas.
Todo el mundo se ha centrado en la pertinencia de las sedaciones en general. No sólo las permite la ley, sino que son recomendables, pertinentes y, si me apuras, un acto de caridad con el que sufre, por lo general en vano y sin esperanza. Pero a quienes discuten la aplicación en este caso se les achaca que están en contra y nadie en su sano juicio lo está. He consultado a un especialista en paliativos y me ha respondido que sedar en urgencias es una brutalidad como lo sería extirpar un tumor cerebral en una ambulancia.
Por otra parte, no he oído hablar de los protocolos que el Hospital Severo Ochoa aplicaba en estos casos. Para cualquier procedimiento médico, cada hospital establece un código de conducta específico: lo hay para los partos (sé de qué hablo), para cualquier intervención o para los ingresos. Son diferentes de un centro a otro, y nadie, absolutamente nadie, ha dejado claro cuáles eran las normas de actuación para las sedaciones de terminales en urgencias, por lo que el criterio del médico parece el único baremo. Esto es peligrosísimo, pues la conciencia personal podría prevalecer sobre el criterio profesional. El protocolo está por encima de opiniones, para eso existe.
En todo momento se ha hablado de los derechos y la posición de los médicos, de los políticos y de los familiares. Pero ¿y los pacientes? ¿Se acordó alguien de preguntarles cuál era su voluntad, su deseo o si tenía testamento vital? Parece un caso de pensamiento colectivo (de varios grupos) imponiéndose a la voluntad del individuo. Me espanta la posibilidad de que Lamela, Montes y mi santo esposo pudiesen enzarzarse en una disputa sobre lo que me conviene en caso de muerte dolorosa. La ley es muy clara: para decidir en lugar de una persona hay que declararla primero incapaz. En España no se da mucho espacio a la voluntad personal para decidir sobre la propia vida y destino. Precisamente los mensajes de "Mar adentro" y "Million Dollar Baby" partían de la misma premisa: la absoluta libertad de las personas para decidir su futuro. El choque entre Estado -representado por la política, la práctica profesional o la parentela como bloque- y el individuo aquí es frontal.
Estoy a favor de la Eutanasia, activa y pasiva, como lo he estado desde hace muchos años del matrimonio homosexual, el aborto, el divorcio, la escuela pública y el laicismo oficial. Pero la Eutanasia debe ser siempre una decisión personal del que va a morir. No de su médico, de su familia o de su consejero de Sanidad. Faltaría más.
Malena |
02.29.08 - 11:53 am | #
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